Me enseñaste a querer con al mayor de las fuerzas y juntos crecimos en el amor. Me enseñaste con una mirada, con tu simple presencia que cualquiera de mis problemas no eran más que banales preocupaciones sin importancia, cómo estar a solas en medio de una multitud. A confiar ciegamente, a poner la mano en el fuego por alguien y tener la certeza de no quemarme. Me enseñaste como ser feliz y a no tener miedo. Lo divertidos que pueden llegar a ser los lanzamientos de lacasitos en el parque y los paseos a la orilla del río al atardecer un día de verano.
Me enseñaste muchas cosas, pero lo cierto es que olvidaste una: Nunca me enseñaste a olvidarme de ti y hoy pago las consecuencias.
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